Estar aquí es emocionante: nunca sé qué pasará en el momento siguiente.
No sé cómo empezar esta crónica porque no estoy segura de cuándo comenzó todo, ayer, hace tres semanas, hace dos años... Y por primera vez, no deseo morir.
El día amanecía tranquilo, había dormido bien, como de costumbre. No necesité de la alarma para despertar, es sencillo hacerlo cuando amas el lugar en el que estás. Pasamos toda la mañana visitando los lugares importantes de la ciudad. Al fin pude ver al angelito del culo; la escultura no intencionada de un pene; el dragón que es cocodrilo -reflejo de la ignorancia en siglos pasados-; la ciudad debajo de la ciudad, la catedral con hermosos vitrales y una boda.
A medio día bebimos una cerveza en "la gata verde", el lugar de las mejores costillas y cerveza a precios accesibles. Hasta ese momento mi plan era tratar de conseguir un lugar para ir al pivovar, saber cómo se hacía la cerveza, tratar de entender el proceso, probar algunas y regresar para seguir festejando en el bar al lado de los dormitorios.
Nunca me había equivocado tanto en un día. A las dos treinta, estaba lista para un "no" y regresar a mi habitación para dormir el resto de la tarde. Al siguiente momento estaba en el asiento del autobus mirando el paisaje por la ventana, camino al pivovar. Me advirtieron el porcentaje de alcohol que contenía la cerveza, porcentaje y cerveza que ya no recuerdo.
Llegamos. Nos dividieron en dos grupos, obviamente me quedé en el equipo serbio, esas personas son impresionantes. Entramos al bar, mientras el otro grupo hacía el recorrido, pedimos una ronda de cervezas, comenzamos a beber y platicar. Media hora después era nuestro turno, me bebí casi medio litro en un trago. Gran hazaña.
Durante el recorrido probé cuatro cervezas de diferentes grados, no fue problema, eran tarros de 0.3L; o eso creí. Al final del recorrido me sentía mareada, pero conscientemente feliz. Regresamos al bar y compré otro tarro de cerveza, me senté junto a mis amigos serbios y comenzamos a cantar. Comencé a decir cosas que quizá nadie comprendía después de salir del baño. Casi no había tocado mi cerveza, me senté lejos de ella porque hablaba con dos tipos. Este es mi último recuerdo. La primera cerveza que tomé de un trago había hecho efecto.
En algún momento de la tarde pedí perdón a Jim por estar borracha, más de dos veces.
Tengo un recuerdo aislado, estaba en mi cuarto y unas amigas me ayudaban a cambiarme la pijama. Me decían que dejaban el bote junto a mi cama por si quería vomitar.
No sé cómo llegué a mi habitación, no sé a qué hora salimos del pivovar, no sé qué habré hecho, no sé qué habré dicho. Desperté a las tres de la mañana, más consciente, pero igual mareada, me reí al pensar en todo lo que pasó. Fui al baño y me volví a dormir.
Desperté a las 8:30 am, con poca resaca, pero el mejor sentimiento de satisfacción. Recapitulando la tarde de ayer, me río de nuevo. Pérdidas: mis llaves y una pequeña cuchara que llevo conmigo a todos lados -sin razón-.
Después de bañarme y desayunar, Mario toca a mi puerta con mis llaves y una sonrisa que dice mucho. Me voy a Viena. Hazlo todo, no te arrepientas de nada.