El insomnio es mala compañía, se duerme de noche porque quedarse despierto es mirar el reflejo de tu vida contemplado el firmamento. Y podrías ignorarlo, pero quizá el hartazgo de estos años te obliga a apagar la televisión, apagar la luz, quedarte en tinieblas y escuchando el silencio. Tratando de encontrar esa voz que guardas en el fondo de un pozo cavado este tiempo en tu consciencia, porque parece que es lo primero que se enseña apenas comienzas a hablar: callar de cualquier manera tu verdadera existencia.
Por la noche no quiero quedarme dormida, por el día deseo que llegue la noche. Tengo miedo de despertar. Paso las horas mirando el reloj, tratando de darle una definición al tiempo. Mi tiempo, ¿en dónde lo estoy dejando?
Sin embargo, me gusta soñar. Es el pequeño respiro que todos necesitamos para soportar un día más la realidad que hemos construido. ¿Por qué será que no nos gusta vivir la vida que cada uno se construye?
Cuando hay luz, uno se protege, está suficientemente expuesto ante los demás, guarda lo mínimo para sí mismo, sus pensamientos, sus miedos, sus deseos, sus ilusiones, sus experiencias, sus gustos, sus recuerdos, sus traumas... En la oscuridad no hay nada que esconder, todo se mantiene oculto, es entonces cuando deseas mostrarte, no por obligación, sino por decisión, a tu tiempo, con tus preferencias, prejuicios e intereses.
Te observo recostado a mi lado, no sé si te incomoda mi mirada, pero me alegro con tu rostro cuando duermes. Intento imaginar qué piensas o si algo te hace daño. Quizá me encanta que no me mires. He sabido que las personas están buscando constantemente la atención de alguien, es lo más natural, pues si no es para admirarnos unos a otros ¿a qué hemos venido? Pero a mi no me gusta que me mires, siento tu piedad y me molesta. Me hace sentir indefensa y con todos los defectos expuestos, no quiero que me sepas imperfecta, no quiero que veas que hay personas mejor que yo. Te prefiero así, ciego e imaginando ideales, donde puedo estar o no, pero no lo sé y tú no me ves.
Pero deberé dormir y tú despertar.
Guardo las horas que no duermo de noche, me despierto temprano al día siguiente, esperando así un día, el día en que te hayas ido, dormir las tantas horas que he guardado y, quizás, sean suficientes para no despertar.
sábado, 26 de diciembre de 2015
martes, 22 de diciembre de 2015
No te fíes de un animal herido.
Sabía que el problema era conmigo,
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.
Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.
Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.
Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.
Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.
Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.
Añoramos esas noches.
Olvidamos esos días.
Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.
Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.
Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.
Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.
Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.
Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.
Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.
Añoramos esas noches.
Olvidamos esos días.
Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.
Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.
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