martes, 22 de diciembre de 2015

No te fíes de un animal herido.

Sabía que el problema era conmigo,
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.

Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.

Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.

Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.

Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.

Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.

Añoramos esas noches.

Olvidamos esos días.

Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.

Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.

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