domingo, 7 de agosto de 2016

Amanecer de una mente borracha.

Estar aquí es emocionante: nunca sé qué pasará en el momento siguiente.

No sé cómo empezar esta crónica porque no estoy segura de cuándo comenzó todo, ayer, hace tres semanas, hace dos años... Y por primera vez, no deseo morir.

El día amanecía tranquilo, había dormido bien, como de costumbre. No necesité de la alarma para despertar, es sencillo hacerlo cuando amas el lugar en el que estás. Pasamos toda la mañana visitando los lugares importantes de la ciudad. Al fin pude ver al angelito del culo; la escultura no intencionada de un pene; el dragón que es cocodrilo -reflejo de la ignorancia en siglos pasados-; la ciudad debajo de la ciudad, la catedral con hermosos vitrales y una boda.

A medio día bebimos una cerveza en "la gata verde", el lugar de las mejores costillas y cerveza a precios accesibles. Hasta ese momento mi plan era tratar de conseguir un lugar para ir al pivovar, saber cómo se hacía la cerveza, tratar de entender el proceso, probar algunas y regresar para seguir festejando en el bar al lado de los dormitorios.

Nunca me había equivocado tanto en un día. A las dos treinta, estaba lista para un "no" y regresar a mi habitación para dormir el resto de la tarde. Al siguiente momento estaba en el asiento del autobus mirando el paisaje por la ventana, camino al pivovar. Me advirtieron el porcentaje de alcohol que contenía la cerveza, porcentaje y cerveza que ya no recuerdo.

Llegamos. Nos dividieron en dos grupos, obviamente me quedé en el equipo serbio, esas personas son impresionantes. Entramos al bar, mientras el otro grupo hacía el recorrido, pedimos una ronda de cervezas, comenzamos a beber y platicar. Media hora después era nuestro turno, me bebí casi medio litro en un trago. Gran hazaña.

Durante el recorrido probé cuatro cervezas de diferentes grados, no fue problema, eran tarros de 0.3L; o eso creí. Al final del recorrido me sentía mareada, pero conscientemente feliz. Regresamos al bar y compré otro tarro de cerveza, me senté junto a mis amigos serbios y comenzamos a cantar. Comencé a decir cosas que quizá nadie comprendía después de salir del baño. Casi no había tocado mi cerveza, me senté lejos de ella porque hablaba con dos tipos. Este es mi último recuerdo. La primera cerveza que tomé de un trago había hecho efecto.

En algún momento de la tarde pedí perdón a Jim por estar borracha, más de dos veces.

Tengo un recuerdo aislado, estaba en mi cuarto y unas amigas me ayudaban a cambiarme la pijama. Me decían que dejaban el bote junto a mi cama por si quería vomitar.

No sé cómo llegué a mi habitación, no sé a qué hora salimos del pivovar, no sé qué habré hecho, no sé qué habré dicho. Desperté a las tres de la mañana, más consciente, pero igual mareada, me reí al pensar en todo lo que pasó. Fui al baño y me volví a dormir.

Desperté a las 8:30 am, con poca resaca, pero el mejor sentimiento de satisfacción. Recapitulando la tarde de ayer, me río de nuevo. Pérdidas: mis llaves y una pequeña cuchara que llevo conmigo a todos lados -sin razón-.

Después de bañarme y desayunar, Mario toca a mi puerta con mis llaves y una sonrisa que dice mucho. Me voy a Viena. Hazlo todo, no te arrepientas de nada.









lunes, 25 de abril de 2016

Paraíso

Debería ser fácil contemplar el cielo, el sol, los árboles, los animales, el pasto... y reconocer que todo eso existe para ti. La vista opacada con consumismo y "lujos", necesidades innecesarias, nos aleja de esta admiración y nos provoca destruirla.

¿Para qué esperar una vida eterna y gozosa, cuando podemos hacer de la Tierra el paraíso?

El propio humano se justifica con la existencia de un Dios misericordioso y justo para destruir su propia existencia y hacer de la vida un sufrimiento, ¿y si no existe la vida después de la muerte?

No es necesario creer en un Dios, quizá somos nuestro propio Dios, pues en nuestra mente es donde existe el bien y el mal. El bien que prácticamente es felicidad y el mal, que perjudica la existencia. Pero no una felicidad degenerada, en la que careces, sino en la que eres.

La felicidad de ser. Ser feliz.

Construyamos el paraíso terrenal, reencontremos la virtud, el cultivo tanto del cuerpo como de la mente, dominemos a nuestro yo actual y globalizado, "vanguardista", volvamos al principio, a lo sencillo, al razonamiento. Debemos vencernos, superarnos cada día, ser la mejor versión nuestra, más de lo que podamos ofrecer, para que al final, en el último instante, del último respiro salga una sonrisa; y no haya arrepentimientos, ni juicio final, ni castigos, ni infierno, ni nada.




viernes, 15 de abril de 2016

De la libertad de los veinte.

Creía que la libertad era nuestra desde el momento en que nacíamos, que nuestras decisiones nos pertenecían y podíamos ser y hacer cuanto deseáramos. Se necesitan años para cambiar de opinión y media vida para esbozar la idea de ser libre.

Al nacer ya han decidido tu nombre, el sonido al que responderás el resto de tu vida, la palabra que no te define, pero que significa algo. Algo que aún no sabes, todo lo que irás tomando y rechazando, la persona que será acciones, bondad, maldad, idioma, cultura...

Sin embargo, nadie recuerda el nombre sino la obra. Todo aquél que no ha dedicado su vida a trascender, a permanecer en la memoria colectiva; caerá en el cruel olvido de una estadística cambiante.

Y en la búsqueda de aquello que somos, de lo que queremos ser, de lo que nos apasiona, de nuestra trascendencia, nos atamos a la idea de todo lo que nos rodea. He leído de un autor griego, que ya antes de Cristo, la educación estaba degenerada; qué puede esperarse siglos después. Se ha pensado
que el humano es racional, pero yo diría que solo una pequeña parte merece este adjetivo.

La sociedad degenerada, pues, recae en que los pequeños errores se han pasado por alto, la justicia ha quedado en ideal, la libertad se ha malinterpretado y se exige sin conocer su raíz ni concepto. El cerebro flojo por obtener lujos fácilmente, no necesita reparar en la realidad, vive su sueño limitado de la vida, como único ser, como ser supremo.

Todo lo podemos, somos nuestro propio Dios. Y, en cambio, nada hay que nos obedezca, ni nada que nos exalte. Y nos olvidamos de nosotros mismos, nos encariñamos con el poder, sobretodo el poder ejercido sobre otras personas, no hay nada más satisfactorio que gobernar el alma de otra persona únicamente para degradarla admirándose uno mismo por ese logro. Y siempre mirando hacia abajo.

La libertad, eso que nunca tenemos de niños, pero no necesitamos, ni nos importa. Eso que de adolescentes tomamos por derecho innato, justificación del comportamiento. Y eso que de adultos necesitamos, pero es demasiado tarde para notar que solo viene de nuestra consciencia, que por ser conscientes de qué somos e interpretar el mundo que nos rodea, de la finitud de la vida. Y para volvernos contra el universo, contra toda fuerza externa y dominarlo todo, buscamos ser infinitos con la libertad.

No sé definir libertad, quizá sea la verdad absoluta, quizá sea la fe en que uno mismo decide, quizá es el placer de despertar en un específico espacio y tiempo, quizá la libertad es el derecho obligado, o tal vez, simplemente, la vida natural, la vida con lo necesario, hacer lo que uno quiere, el ser egoísta, la justificación, la consecuencia, más palabras, una idea abstracta...

Quizás escribir párrafos infinitos para uno mismo, sin ideas concisas; reflejo de una mente libre.

De un arte degenerado
Insoportable existencia
Pero no es regla
No es valor agregado
Es ser

Y entre tanto, tal vez, en el último instante me dé cuenta que pude elegir ser libre desde el primer segundo y en cualquiera. Pero no hay que tomarse la vida tan en serio.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Hibernación.

El insomnio es mala compañía, se duerme de noche porque quedarse despierto es mirar el reflejo de tu vida contemplado el firmamento. Y podrías ignorarlo, pero quizá el hartazgo de estos años te obliga a apagar la televisión, apagar la luz, quedarte en tinieblas y escuchando el silencio. Tratando de encontrar esa voz que guardas en el fondo de un pozo cavado este tiempo en tu consciencia, porque parece que es lo primero que se enseña apenas comienzas a hablar: callar de cualquier manera tu verdadera existencia.

Por la noche no quiero quedarme dormida, por el día deseo que llegue la noche. Tengo miedo de despertar. Paso las horas mirando el reloj, tratando de darle una definición al tiempo. Mi tiempo, ¿en dónde lo estoy dejando?

Sin embargo, me gusta soñar. Es el pequeño respiro que todos necesitamos para soportar un día más la realidad que hemos construido. ¿Por qué será que no nos gusta vivir la vida que cada uno se construye?

Cuando hay luz, uno se protege, está suficientemente expuesto ante los demás, guarda lo mínimo para sí mismo, sus pensamientos, sus miedos, sus deseos, sus ilusiones, sus experiencias, sus gustos, sus recuerdos, sus traumas... En la oscuridad no hay nada que esconder, todo se mantiene oculto, es entonces cuando deseas mostrarte, no por obligación, sino por decisión, a tu tiempo, con tus preferencias, prejuicios e intereses.

Te observo recostado a mi lado, no sé si te incomoda mi mirada, pero me alegro con tu rostro cuando duermes. Intento imaginar qué piensas o si algo te hace daño. Quizá me encanta que no me mires. He sabido que las personas están buscando constantemente la atención de alguien, es lo más natural, pues si no es para admirarnos unos a otros ¿a qué hemos venido? Pero a mi no me gusta que me mires, siento tu piedad y me molesta. Me hace sentir indefensa y con todos los defectos expuestos, no quiero que me sepas imperfecta, no quiero que veas que hay personas mejor que yo. Te prefiero así, ciego e imaginando ideales, donde puedo estar o no, pero no lo sé y tú no me ves.

Pero deberé dormir y tú despertar.

Guardo las horas que no duermo de noche, me despierto temprano al día siguiente, esperando así un día, el día en que te hayas ido, dormir las tantas horas que he guardado y, quizás, sean suficientes para no despertar.

martes, 22 de diciembre de 2015

No te fíes de un animal herido.

Sabía que el problema era conmigo,
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.

Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.

Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.

Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.

Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.

Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.

Añoramos esas noches.

Olvidamos esos días.

Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.

Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

No te quedes a un paso de todo.

La posición elevada en que me tenía a mí misma, no me correspondía más. Tarde me di cuenta. Había tomado demasiadas malas decisiones que me traían arrastrando recuerdos de una vida que ya me era ajena, pero que seguía sintiendo presente. Una publicación en internet dio fin a mi patética imagen sobrepuesta en mi yo actual; decía por qué una persona cambia. Suponía que las personas no cambiaban, que su yo siempre sería su yo adaptándose a diferentes situaciones, ¿no es la adaptación un proceso de cambio?

No sé si ya he sufrido demasiado, pues me dedico principalmente a ignorar mis emociones; no sé si he conocido mucho, pues siempre estoy anhelando saber algo más; pero es seguro que estaba cansada de lo mismo. Cansada de levantarme todos los días a la misma hora y viajar por carretera dos horas, peleando con el aire a causa de los automovilistas de la ciudad, ignorando mi música favorita, preocupada por llegar a tiempo a un lugar donde no me siento cómoda, para "estudiar" memorizando métodos y programando mi cerebro para la vida laboral, haciendo crecer mi deuda económica, invirtiendo en educación que yo misma me daba.

Había dejado todo por nada. Por masoquismo más que por fe, dejaba de hacer lo que me encantaba con la excusa del tiempo. Cualquier cosa queda perdonada cuando uno se convence de que no hay tiempo. Sin embargo, consciente de mi error, aún ato mis pies a esta silla y contemplo la luna detrás de mi ventana. Sigo el ideal de un desconocido. Creo saber mi objetivo, actúo como debería, piso cuidadosamente las huellas que otros han dejado. Pero mis pies ya no pueden más, mi alma cansada ahora pesa sobre mis piernas, o me hinco o me salgo del camino.

Basta ya.

Dejaré de sentir lástima por mí misma, no me sentaré como espectador de mi propia vida, viendo cómo mis días se consumen en nimiedades y desinterés, viéndome insignificante, y falsamente creyéndome superior a todos. Pensaré cada elección, hasta encontrar mi sentido, para que después mis decisiones, inconscientemente, me dirijan en él.

Las prohibiciones únicas para sobrevivir: no tengas miedo de lo que pueda ser ni a la insensatez, no te estanques en el borde, no te quedes con las ganas, no mires para atrás -si no es para sonreír-, no limites tus emociones, no pises las huellas de otros, ni esperes saber de su experiencia, no esperes que otro lo haga, no esperes nada de nadie ni de ti, no te predispongas, no te sientes a esperar el tiempo, no te sientes a esperar la vida.

Si no te gusta el reflejo del espejo, rómpelo, en cada pedazo se reflejará una parte de lo que fue un todo, verás lo valioso y lo superficial, encontrarás que el tiempo nunca se ha perdido, que no existe si así lo quieres y que no hay palabras más valiosas que el silencio, observar detenidamente y re-conocer aquello que perciben los sentidos, de la brisa y el frío, de las notas de una pieza musical, del sabor de una manzana, no pensar y solo sentir que todo fue hecho para ti. El placer de vivir. Se ha conocido tanto del exterior que olvidamos la esencia y el alma. La inefable maravilla que nos lleva de la materia a la razón.

Desear. Esa palabra que puede tener tanto poder.

Quizás, como aquellas personas que no saben ver, pensar, escribir o leer; yo no sé desear.


Todo esto durará hasta mañana, cuando despierte de mi irrealidad y tenga que vestirme para recibir la monotonía, o hasta esta noche...

jueves, 24 de septiembre de 2015

Imágenes de luna llena 4


Salí a las seis de la mañana de mi departamento, el sol apenas daba señales. Me gusta caminar un poco y respirar el aire inmaculado de la aurora. Me pregunté si Marcel aún estaría durmiendo, creyendo que lo que sueña es real. Él no necesita un calendario, vive perfectamente feliz con sólo un reloj para no perder la conexión con la realidad. Siempre ha dicho que incluso podríamos dudar de vivir en lo que creemos percibir como real, que igual que despertamos y no recordamos qué hemos soñado, podríamos despertar en nuestro “sueño”. Todo está en la relatividad del tiempo. Pero si así fuera ¿cuántas vidas podríamos tener? Quizás nos movemos dentro de mundos paralelos que nuestro misterioso inconsciente va creando. Universos que necesitamos para seguir creyendo que no somos solo un bulto de materia organizada y sincronizada que no hace más que existir para mantener la homeostasis de la naturaleza.

Regresé a mi departamento y calenté café para leer las noticias del día, una acción fútil que se ha vuelto hábito matutino; aunque vale la pena recordar que no estamos solos, que hay personas fuera de las que puedo llegar a conocer con problemas que pueden minimizar los míos. Recordé que tenía que encontrarme con Marcel a las 5 para comer, se me había pasado el tiempo y aún tenía que transcribir mis pensamientos y anotaciones. Sufro el pánico de algún día no recordar quién soy.

Cerré la computadora, me di un baño y salí para encontrarme con Marcel en el bar donde nos encontrábamos 3 o 4 veces por semana para hablar de lo humano y lo divino.  Necesitaba escuchar una de sus historias. Él jura que son verdaderas, que incluso puede llevarme a esos lugares a comprobarlo el día que quiera. Marcel es una persona muy diferente a mí. No entiendo cómo puede soportarme, cómo puede ser él mismo cuando todas las personas cambian al verme. Marcel es la parte de mis emociones que no llegó en el mismo paquete.

 

Cuando me acercaba al bar vi el coche de Marcel aparcado cerca de la entrada, no pude evitar esbozar una ridícula sonrisa --nunca me han salido bien--, pero me alegraba saber que Marcel estaba ahí un día más. Entré y lo vi sentado a la barra con un vaso en la mano, riendo con una mujer hermosa. Me reconoció y se levantó a darme la bienvenida.

--¡Dante! Quiero presentarte a esta bella mujer, se llama Lucía.

--Hola, Marcel—dije--. Mucho gusto, Lucía.

Lucía era realmente hermosa, tenía el rostro con el que cualquier hombre se sentiría feliz de ver al despertar: ojos grandes, un precioso tono almendrado y una sonrisa discreta. Parecía cómoda con Marcel, relajada y sencilla.

--Y, ¿qué hay de nuevo, Dante? ¿Qué te trajo a la parte sórdida de la ciudad?—dijo Marcel.

--Ya sabes, Marcel, a veces no tengo mucho que hacer—continué su broma--. Lo nuevo no dura más de un segundo—Lucía apenas notaba que yo estaba ahí--. Y cómo puedes llamar “sórdido” al lugar que guarda a tales mujeres.

--Todas las ostras guardan una perla. Pero Lucía no es de aquí, me estaba diciendo que acaba de llegar, por Dios y sus juegos de dados, terminó bebiendo conmigo—se dirigió a Lucía--. En fin… él es el hombre más callado. No quiero darme aires de grandeza, pero creo que solo yo he podido sacarle unas cuantas palabras. Es solitario, pero sé que en el fondo quisiera conocer a la mujer perfecta y desposarla. Quería que lo conocieras y aquí está.

--Espero que pueda ser tan divertido como tú—dijo Lucía.

Cuando se siente incomodidad en una situación, lo más probable es que sea debido al tiempo y al lugar incorrecto. Sabía, por la forma en que lo miraba, que Lucía había caído terriblemente enamorada de Marcel, como la mayoría de las mujeres que hablan con él. Marcel es un ser tan completo que no lo notaba y esperaba que algo ocurriera conmigo y Lucía. No negaré que me hubiera encantado, pero, como siempre, había llegado tarde.

--Ayer me pasó algo impresionante—dijo Marcel al notar mi silencio--. Estaba sentado en una banca afuera de la catedral, admirando detalladamente, aprendiéndome cada trazo de esa construcción inigualable, cuando se me acercó una niña, me dijo que su madre estaba muy triste y que yo tenía que hacerla feliz. Por supuesto que le dije que aunque quisiera poder ayudarla eso era imposible, ni siquiera conocía a su madre. La niña estaba desesperada, temblaba tan fuerte que al tomar mi mano comencé a temblar también. Y bueno… la seguí. Entramos a la catedral, y todo estaba en tinieblas, no había ni una vela encendida, sólo la luz que lograba penetrar por la gran puerta y los vitrales dejaban entrever la silueta de una mujer sentada a los pies del altar con la cara escondida entre las manos. Me acerqué a la mujer y la niña quedó atrás, y no sé en qué momento desapareció. La mujer estaba empapada en sudor y lágrimas, le pregunté cuál era la razón de eso y levantar la cara noté el rosario que colgaba de sus manos y me dijo que había muerto su fe. Todas las imágenes de santos y de Cristo iban cayendo alrededor. Le pregunté a la mujer qué la haría feliz en ese momento y ella respondió que tenía que morir, no podría morir así.

--¿Supongo que habla de su fe hacia Dios?—interrumpió Lucía.

--Debe ser—contestó Marcel--. Entonces le dije que podía tener fe en cualquier cosa, sólo era la suposición de la existencia. Podría crear su propia religión, que su hija podría ser su religión. Me dijo que no tenía a nadie más y quedé atónito. Comencé a cuestionarme si todo eso era una especie de señal, pero ¿para qué? Yo no creo más que en mis sueños. Creo que en este momento estoy soñando y que después también lo haré. No me interesa cuándo voy a morir, ni me preocupo por eso. Este instante es eterno y suficiente.

--Marcel, no hay forma de que eso sea verdad—dijo Lucía mostrando su hermosa sonrisa.

--¡Cuánto te pareces a Alicia, incrédula ante lo que ven sus propios ojos! Claro que no es verdad si no quieres que lo sea. La libertad te la quitan las esperanzas. Si esperas que algo no sea, te mantendrás atado a la idea de que es imposible.

--¿Qué haré en adelante sin ti, Marcel?

--Lucía, no me des más importancia de la que merece un desconocido.

--Lucía, si no tienes dónde quedarte, puedes quedarte en mi departamento, es amplio y hay una habitación que no utilizo—ofrecí.

--Con tanta insistencia, aceptaré tu oferta. Mientras no haya oportunidad de irme a otro lado.

Ninguno de los tres imaginaba que Lucía había llegado ese día, por razones que desconozco, para quedarse. Para amar la ciudad tanto como a Marcel. Para entregar su vida entera a enseñar literatura francesa dentro de los muros temporales que mantienen separada la ciudad del resto del mundo.