viernes, 15 de abril de 2016

De la libertad de los veinte.

Creía que la libertad era nuestra desde el momento en que nacíamos, que nuestras decisiones nos pertenecían y podíamos ser y hacer cuanto deseáramos. Se necesitan años para cambiar de opinión y media vida para esbozar la idea de ser libre.

Al nacer ya han decidido tu nombre, el sonido al que responderás el resto de tu vida, la palabra que no te define, pero que significa algo. Algo que aún no sabes, todo lo que irás tomando y rechazando, la persona que será acciones, bondad, maldad, idioma, cultura...

Sin embargo, nadie recuerda el nombre sino la obra. Todo aquél que no ha dedicado su vida a trascender, a permanecer en la memoria colectiva; caerá en el cruel olvido de una estadística cambiante.

Y en la búsqueda de aquello que somos, de lo que queremos ser, de lo que nos apasiona, de nuestra trascendencia, nos atamos a la idea de todo lo que nos rodea. He leído de un autor griego, que ya antes de Cristo, la educación estaba degenerada; qué puede esperarse siglos después. Se ha pensado
que el humano es racional, pero yo diría que solo una pequeña parte merece este adjetivo.

La sociedad degenerada, pues, recae en que los pequeños errores se han pasado por alto, la justicia ha quedado en ideal, la libertad se ha malinterpretado y se exige sin conocer su raíz ni concepto. El cerebro flojo por obtener lujos fácilmente, no necesita reparar en la realidad, vive su sueño limitado de la vida, como único ser, como ser supremo.

Todo lo podemos, somos nuestro propio Dios. Y, en cambio, nada hay que nos obedezca, ni nada que nos exalte. Y nos olvidamos de nosotros mismos, nos encariñamos con el poder, sobretodo el poder ejercido sobre otras personas, no hay nada más satisfactorio que gobernar el alma de otra persona únicamente para degradarla admirándose uno mismo por ese logro. Y siempre mirando hacia abajo.

La libertad, eso que nunca tenemos de niños, pero no necesitamos, ni nos importa. Eso que de adolescentes tomamos por derecho innato, justificación del comportamiento. Y eso que de adultos necesitamos, pero es demasiado tarde para notar que solo viene de nuestra consciencia, que por ser conscientes de qué somos e interpretar el mundo que nos rodea, de la finitud de la vida. Y para volvernos contra el universo, contra toda fuerza externa y dominarlo todo, buscamos ser infinitos con la libertad.

No sé definir libertad, quizá sea la verdad absoluta, quizá sea la fe en que uno mismo decide, quizá es el placer de despertar en un específico espacio y tiempo, quizá la libertad es el derecho obligado, o tal vez, simplemente, la vida natural, la vida con lo necesario, hacer lo que uno quiere, el ser egoísta, la justificación, la consecuencia, más palabras, una idea abstracta...

Quizás escribir párrafos infinitos para uno mismo, sin ideas concisas; reflejo de una mente libre.

De un arte degenerado
Insoportable existencia
Pero no es regla
No es valor agregado
Es ser

Y entre tanto, tal vez, en el último instante me dé cuenta que pude elegir ser libre desde el primer segundo y en cualquiera. Pero no hay que tomarse la vida tan en serio.

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