Salí
a las seis de la mañana de mi departamento, el sol apenas daba señales. Me
gusta caminar un poco y respirar el aire inmaculado de la aurora. Me pregunté
si Marcel aún estaría durmiendo, creyendo que lo que sueña es real. Él no
necesita un calendario, vive perfectamente feliz con sólo un reloj para no
perder la conexión con la realidad. Siempre ha dicho que incluso podríamos
dudar de vivir en lo que creemos percibir como real, que igual que despertamos
y no recordamos qué hemos soñado, podríamos despertar en nuestro “sueño”. Todo
está en la relatividad del tiempo. Pero si así fuera ¿cuántas vidas podríamos
tener? Quizás nos movemos dentro de mundos paralelos que nuestro misterioso
inconsciente va creando. Universos que necesitamos para seguir creyendo que no
somos solo un bulto de materia organizada y sincronizada que no hace más que
existir para mantener la homeostasis de la naturaleza.
Regresé
a mi departamento y calenté café para leer las noticias del día, una acción
fútil que se ha vuelto hábito matutino; aunque vale la pena recordar que no
estamos solos, que hay personas fuera de las que puedo llegar a conocer con
problemas que pueden minimizar los míos. Recordé que tenía que encontrarme con
Marcel a las 5 para comer, se me había pasado el tiempo y aún tenía que
transcribir mis pensamientos y anotaciones. Sufro el pánico de algún día no
recordar quién soy.
Cerré
la computadora, me di un baño y salí para encontrarme con Marcel en el bar
donde nos encontrábamos 3 o 4 veces por semana para hablar de lo humano y lo divino.
Necesitaba escuchar una de sus historias. Él jura que son verdaderas,
que incluso puede llevarme a esos lugares a comprobarlo el día que quiera.
Marcel es una persona muy diferente a mí. No entiendo cómo puede soportarme,
cómo puede ser él mismo cuando todas las personas cambian al verme. Marcel es
la parte de mis emociones que no llegó en el mismo paquete.
Cuando
me acercaba al bar vi el coche de Marcel aparcado cerca de la entrada, no pude
evitar esbozar una ridícula sonrisa --nunca me han salido bien--, pero me
alegraba saber que Marcel estaba ahí un día más. Entré y lo vi sentado a la
barra con un vaso en la mano, riendo con una mujer hermosa. Me reconoció y se
levantó a darme la bienvenida.
--¡Dante!
Quiero presentarte a esta bella mujer, se llama Lucía.
--Hola,
Marcel—dije--. Mucho gusto, Lucía.
Lucía
era realmente hermosa, tenía el rostro con el que cualquier hombre se sentiría
feliz de ver al despertar: ojos grandes, un precioso tono almendrado y una
sonrisa discreta. Parecía cómoda con Marcel, relajada y sencilla.
--Y,
¿qué hay de nuevo, Dante? ¿Qué te trajo a la parte sórdida de la ciudad?—dijo
Marcel.
--Ya
sabes, Marcel, a veces no tengo mucho que hacer—continué su broma--. Lo nuevo
no dura más de un segundo—Lucía apenas notaba que yo estaba ahí--. Y cómo
puedes llamar “sórdido” al lugar que guarda a tales mujeres.
--Todas
las ostras guardan una perla. Pero Lucía no es de aquí, me estaba diciendo que
acaba de llegar, por Dios y sus juegos de dados, terminó bebiendo conmigo—se
dirigió a Lucía--. En fin… él es el hombre más callado. No quiero darme aires
de grandeza, pero creo que solo yo he podido sacarle unas cuantas palabras. Es
solitario, pero sé que en el fondo quisiera conocer a la mujer perfecta y
desposarla. Quería que lo conocieras y aquí está.
--Espero
que pueda ser tan divertido como tú—dijo Lucía.
Cuando
se siente incomodidad en una situación, lo más probable es que sea debido al
tiempo y al lugar incorrecto. Sabía, por la forma en que lo miraba, que Lucía
había caído terriblemente enamorada de Marcel, como la mayoría de las mujeres
que hablan con él. Marcel es un ser tan completo que no lo notaba y esperaba
que algo ocurriera conmigo y Lucía. No negaré que me hubiera encantado, pero,
como siempre, había llegado tarde.
--Ayer
me pasó algo impresionante—dijo Marcel al notar mi silencio--. Estaba sentado
en una banca afuera de la catedral, admirando detalladamente, aprendiéndome
cada trazo de esa construcción inigualable, cuando se me acercó una niña, me
dijo que su madre estaba muy triste y que yo tenía que hacerla feliz. Por
supuesto que le dije que aunque quisiera poder ayudarla eso era imposible, ni
siquiera conocía a su madre. La niña estaba desesperada, temblaba tan fuerte
que al tomar mi mano comencé a temblar también. Y bueno… la seguí. Entramos a
la catedral, y todo estaba en tinieblas, no había ni una vela encendida, sólo
la luz que lograba penetrar por la gran puerta y los vitrales dejaban entrever
la silueta de una mujer sentada a los pies del altar con la cara escondida
entre las manos. Me acerqué a la mujer y la niña quedó atrás, y no sé en qué
momento desapareció. La mujer estaba empapada en sudor y lágrimas, le pregunté
cuál era la razón de eso y levantar la cara noté el rosario que colgaba de sus
manos y me dijo que había muerto su fe. Todas las imágenes de santos y de
Cristo iban cayendo alrededor. Le pregunté a la mujer qué la haría feliz en ese
momento y ella respondió que tenía que morir, no podría morir así.
--¿Supongo
que habla de su fe hacia Dios?—interrumpió Lucía.
--Debe
ser—contestó Marcel--. Entonces le dije que podía tener fe en cualquier cosa,
sólo era la suposición de la existencia. Podría crear su propia religión, que
su hija podría ser su religión. Me dijo que no tenía a nadie más y quedé
atónito. Comencé a cuestionarme si todo eso era una especie de señal, pero
¿para qué? Yo no creo más que en mis sueños. Creo que en este momento estoy
soñando y que después también lo haré. No me interesa cuándo voy a morir, ni me
preocupo por eso. Este instante es eterno y suficiente.
--Marcel,
no hay forma de que eso sea verdad—dijo Lucía mostrando su hermosa sonrisa.
--¡Cuánto
te pareces a Alicia, incrédula ante lo que ven sus propios ojos! Claro que no
es verdad si no quieres que lo sea. La libertad te la quitan las esperanzas. Si
esperas que algo no sea, te mantendrás atado a la idea de que es imposible.
--¿Qué
haré en adelante sin ti, Marcel?
--Lucía,
no me des más importancia de la que merece un desconocido.
--Lucía,
si no tienes dónde quedarte, puedes quedarte en mi departamento, es amplio y
hay una habitación que no utilizo—ofrecí.
--Con
tanta insistencia, aceptaré tu oferta. Mientras no haya oportunidad de irme a
otro lado.
Ninguno
de los tres imaginaba que Lucía había llegado ese día, por razones que
desconozco, para quedarse. Para amar la ciudad tanto como a Marcel. Para
entregar su vida entera a enseñar literatura francesa dentro de los muros
temporales que mantienen separada la ciudad del resto del mundo.