domingo, 6 de septiembre de 2015

Imágenes de luna llena 2



Esperaba a Sofía en la terraza del café que frecuentábamos cuando una mujer me sorprendió al cruzar la calle en la esquina, vestía ropa entallada que dibujaba su silueta bellamente y reconocí esa sombra. Era la misma que me acechaba en mis sueños y me aterrorizaba cada noche a la misma hora, esperando a que abriera los ojos y la enfrentara. Nunca le había visto el rostro, sólo sentía su mirada. Cuando noté que la mujer se acercaba al café, comencé a asustarme y rezaba porque pasara de largo. Sin embargo, había entrado al café. La seguí con la mirada cuando se acercó a un mesero y preguntó por mí, ¿cómo podía saber mi nombre? ¿Por qué me estaría buscando? El mesero señaló hacia la terraza, hacia mí. Mis manos temblaban, desvié rápidamente la mirada y con la puntería de un ciego intenté distraerme poniéndole azúcar al té que se enfriaba.

--Hola, Sarah—dijo.

Tomé un sorbo de té que me quemó la boca y quedé atónita. No podía articular una sola palabra.

--Bueno, parece que no quieres hablar conmigo, pero no importa, no tienes mucho qué decir. 

--Simplemente no sé quién eres—dije, queriendo complacerla.

--No te preocupes, ya me recordarás. Dime, ¿has esperado a Sofía mucho tiempo?

No pude ocultar mi sorpresa cuando mencionó a Sofía.

--¿Cómo sabes a quién espero?—dije un poco alterada.

--Ya lo recordarás, te dije. Lo que importa ahora es que necesito que vengas conmigo, Sofía puede esperar un poco si le dejamos un recado con el encargado. No vas a tardar, te lo aseguro.

Sin entender lo que decía, pero con una curiosidad de gato, acepté seguirla.

 

Caminamos calle abajo, lo que nos llevó al centro de la ciudad. Seguimos por una calle que yo dudaba que existiera, parecía haber quedado en el pasado: no tenía acera, con casas delineando la calle y puertas que parecían entradas al infierno. Casas coloniales altas, de colores opacos y paredes desgastadas. La calle se hacía más angosta cuanto más subíamos. Finalizaba con una casa de dos pisos, dos arcos como ventanas en la parte superior y una gran puerta de madera con una vieja cerradura para la que Rebeca no necesitó llave. Aunque mi razón quería hacerme sentir miedo, me sentía cómoda y protegida detrás de Rebeca.

Entramos a la casa, era silenciosa y quieta, podía escuchar mis pasos, pero no los de Rebeca, tenía un andar quedo y suave que inspiraba tranquilidad. Cruzamos un gran patio rodeado de habitaciones: una puerta, una ventana. Casi al llegar al fondo, delante de una puerta entreabierta, se volvió repentinamente y me dijo que me calmara, que podía escuchar correr mi sangre.

--Vamos a entrar aquí, pero debes quedarte callada—me advirtió y empujó la puerta.

Asentí con los labios apretados en señal de promesa. La curiosidad perdía terreno que ganaba el miedo.

En la habitación apenas iluminada, se encontraba un grupo de personas arrodilladas en el suelo formando un círculo con su tronco y brazos estirados completamente hacia lo que parecía una planta que brotaba del suelo y un cuerpo humano inmóvil tirado a un lado, al parecer muerto. Las personas parecían susurrar palabras ininteligibles, que recitaban a coro en un tono tétrico. Al ver la escena tomé la mano de Rebeca con fuerza esperando que entendiera mi incomodidad, pero cuando la miré parecía divertirse observando con detenimiento y agrado el escenario fúnebre.

Comencé a preguntarme qué hacían esas personas ahí, para qué estaban reunidas, por qué creían que eso era normal. Ante la seriedad del rito, me respondí: las personas deben refugiarse en la fe para llenar el vacío que deja no saber qué hay después de morir. No somos educados pensando que somos materia que en algún momento dejará de trabajar en conjunto y comenzará a degradarse, nos guiamos por el error de creer que somos superiores a cualquier ser vivo existente en el mundo, por el simple hecho de tener consciencia de nosotros mismos, pero es la causa de nuestros problemas. Y ni siquiera conocemos el origen de ese “yo”. Con la razón logramos fabricar ideas que nos han llevado a guerras, a conductas sociales, a la adoración de papel que juramos tiene valor, también creamos ese valor, y la creencia en el bien y el mal, destruimos lo que necesitamos para desarrollar lo innecesario.

Después de todos los problemas que nos ocasionamos, nos “perdonamos” repitiéndonos que todo es subjetivo y tratamos de concordar con la objetividad y la universalidad.

Un vacío extraño comenzó a surgir de mi estómago y subió hasta mi boca causando unas náuseas insoportables. Busqué a Rebeca con la poca luz que permitían las velas, pero se había ido. En seguida de las náuseas, llegó un dolor de cabeza insoportable, apenas podía mantenerme en pie. Salí sosteniéndome de las paredes, corriendo con la vista nublada, hasta que recuperé un poco la sanidad y reconocí a Sofía asustada por mi aspecto. Me sostuvo mientras perdía la consciencia.

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