Esperaba
a Sofía en la terraza del café que frecuentábamos cuando una mujer me
sorprendió al cruzar la calle en la esquina, vestía ropa entallada que dibujaba
su silueta bellamente y reconocí esa sombra. Era la misma que me acechaba en
mis sueños y me aterrorizaba cada noche a la misma hora, esperando a que
abriera los ojos y la enfrentara. Nunca le había visto el rostro, sólo sentía
su mirada. Cuando noté que la mujer se acercaba al café, comencé a asustarme y
rezaba porque pasara de largo. Sin embargo, había entrado al café. La seguí con
la mirada cuando se acercó a un mesero y preguntó por mí, ¿cómo podía saber mi
nombre? ¿Por qué me estaría buscando? El mesero señaló hacia la terraza, hacia
mí. Mis manos temblaban, desvié rápidamente la mirada y con la puntería de un
ciego intenté distraerme poniéndole azúcar al té que se enfriaba.
--Hola,
Sarah—dijo.
Tomé
un sorbo de té que me quemó la boca y quedé atónita. No podía articular una
sola palabra.
--Bueno,
parece que no quieres hablar conmigo, pero no importa, no tienes mucho qué
decir.
--Simplemente
no sé quién eres—dije, queriendo complacerla.
--No
te preocupes, ya me recordarás. Dime, ¿has esperado a Sofía mucho tiempo?
No
pude ocultar mi sorpresa cuando mencionó a Sofía.
--¿Cómo
sabes a quién espero?—dije un poco alterada.
--Ya
lo recordarás, te dije. Lo que importa ahora es que necesito que vengas
conmigo, Sofía puede esperar un poco si le dejamos un recado con el encargado.
No vas a tardar, te lo aseguro.
Sin
entender lo que decía, pero con una curiosidad de gato, acepté seguirla.
Caminamos
calle abajo, lo que nos llevó al centro de la ciudad. Seguimos por una calle
que yo dudaba que existiera, parecía haber quedado en el pasado: no tenía acera,
con casas delineando la calle y puertas que parecían entradas al infierno. Casas
coloniales altas, de colores opacos y paredes desgastadas. La calle se hacía
más angosta cuanto más subíamos. Finalizaba con una casa de dos pisos, dos
arcos como ventanas en la parte superior y una gran puerta de madera con una
vieja cerradura para la que Rebeca no necesitó llave. Aunque mi razón quería
hacerme sentir miedo, me sentía cómoda y protegida detrás de Rebeca.
Entramos
a la casa, era silenciosa y quieta, podía escuchar mis pasos, pero no los de
Rebeca, tenía un andar quedo y suave que inspiraba tranquilidad. Cruzamos un
gran patio rodeado de habitaciones: una puerta, una ventana. Casi al llegar al
fondo, delante de una puerta entreabierta, se volvió repentinamente y me dijo
que me calmara, que podía escuchar correr mi sangre.
--Vamos
a entrar aquí, pero debes quedarte callada—me advirtió y empujó la puerta.
Asentí
con los labios apretados en señal de promesa. La curiosidad perdía
terreno que ganaba el miedo.
En
la habitación apenas iluminada, se encontraba un grupo de personas arrodilladas
en el suelo formando un círculo con su tronco y brazos estirados completamente
hacia lo que parecía una planta que brotaba del suelo y un cuerpo humano
inmóvil tirado a un lado, al parecer muerto. Las personas parecían susurrar
palabras ininteligibles, que recitaban a coro en un tono tétrico. Al ver la
escena tomé la mano de Rebeca con fuerza esperando que entendiera mi
incomodidad, pero cuando la miré parecía divertirse observando con detenimiento
y agrado el escenario fúnebre.
Comencé
a preguntarme qué hacían esas personas ahí, para qué estaban reunidas, por qué
creían que eso era normal. Ante la seriedad del rito, me respondí: las personas
deben refugiarse en la fe para llenar el vacío que deja no saber qué hay
después de morir. No somos educados pensando que somos materia que en algún
momento dejará de trabajar en conjunto y comenzará a degradarse, nos guiamos
por el error de creer que somos superiores a cualquier ser vivo existente en el
mundo, por el simple hecho de tener consciencia de nosotros mismos, pero es la
causa de nuestros problemas. Y ni siquiera conocemos el origen de ese “yo”. Con
la razón logramos fabricar ideas que nos han llevado a guerras, a conductas
sociales, a la adoración de papel que juramos tiene valor, también creamos ese
valor, y la creencia en el bien y el mal, destruimos lo que necesitamos para
desarrollar lo innecesario.
Después
de todos los problemas que nos ocasionamos, nos “perdonamos” repitiéndonos que
todo es subjetivo y tratamos de concordar con la objetividad y la
universalidad.
Un
vacío extraño comenzó a surgir de mi estómago y subió hasta mi boca causando
unas náuseas insoportables. Busqué a Rebeca con la poca luz que permitían las
velas, pero se había ido. En seguida de las náuseas, llegó un dolor de cabeza
insoportable, apenas podía mantenerme en pie. Salí sosteniéndome de las
paredes, corriendo con la vista nublada, hasta que recuperé un poco la sanidad
y reconocí a Sofía asustada por mi aspecto. Me sostuvo mientras perdía la
consciencia.
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