jueves, 24 de septiembre de 2015

Imágenes de luna llena 4


Salí a las seis de la mañana de mi departamento, el sol apenas daba señales. Me gusta caminar un poco y respirar el aire inmaculado de la aurora. Me pregunté si Marcel aún estaría durmiendo, creyendo que lo que sueña es real. Él no necesita un calendario, vive perfectamente feliz con sólo un reloj para no perder la conexión con la realidad. Siempre ha dicho que incluso podríamos dudar de vivir en lo que creemos percibir como real, que igual que despertamos y no recordamos qué hemos soñado, podríamos despertar en nuestro “sueño”. Todo está en la relatividad del tiempo. Pero si así fuera ¿cuántas vidas podríamos tener? Quizás nos movemos dentro de mundos paralelos que nuestro misterioso inconsciente va creando. Universos que necesitamos para seguir creyendo que no somos solo un bulto de materia organizada y sincronizada que no hace más que existir para mantener la homeostasis de la naturaleza.

Regresé a mi departamento y calenté café para leer las noticias del día, una acción fútil que se ha vuelto hábito matutino; aunque vale la pena recordar que no estamos solos, que hay personas fuera de las que puedo llegar a conocer con problemas que pueden minimizar los míos. Recordé que tenía que encontrarme con Marcel a las 5 para comer, se me había pasado el tiempo y aún tenía que transcribir mis pensamientos y anotaciones. Sufro el pánico de algún día no recordar quién soy.

Cerré la computadora, me di un baño y salí para encontrarme con Marcel en el bar donde nos encontrábamos 3 o 4 veces por semana para hablar de lo humano y lo divino.  Necesitaba escuchar una de sus historias. Él jura que son verdaderas, que incluso puede llevarme a esos lugares a comprobarlo el día que quiera. Marcel es una persona muy diferente a mí. No entiendo cómo puede soportarme, cómo puede ser él mismo cuando todas las personas cambian al verme. Marcel es la parte de mis emociones que no llegó en el mismo paquete.

 

Cuando me acercaba al bar vi el coche de Marcel aparcado cerca de la entrada, no pude evitar esbozar una ridícula sonrisa --nunca me han salido bien--, pero me alegraba saber que Marcel estaba ahí un día más. Entré y lo vi sentado a la barra con un vaso en la mano, riendo con una mujer hermosa. Me reconoció y se levantó a darme la bienvenida.

--¡Dante! Quiero presentarte a esta bella mujer, se llama Lucía.

--Hola, Marcel—dije--. Mucho gusto, Lucía.

Lucía era realmente hermosa, tenía el rostro con el que cualquier hombre se sentiría feliz de ver al despertar: ojos grandes, un precioso tono almendrado y una sonrisa discreta. Parecía cómoda con Marcel, relajada y sencilla.

--Y, ¿qué hay de nuevo, Dante? ¿Qué te trajo a la parte sórdida de la ciudad?—dijo Marcel.

--Ya sabes, Marcel, a veces no tengo mucho que hacer—continué su broma--. Lo nuevo no dura más de un segundo—Lucía apenas notaba que yo estaba ahí--. Y cómo puedes llamar “sórdido” al lugar que guarda a tales mujeres.

--Todas las ostras guardan una perla. Pero Lucía no es de aquí, me estaba diciendo que acaba de llegar, por Dios y sus juegos de dados, terminó bebiendo conmigo—se dirigió a Lucía--. En fin… él es el hombre más callado. No quiero darme aires de grandeza, pero creo que solo yo he podido sacarle unas cuantas palabras. Es solitario, pero sé que en el fondo quisiera conocer a la mujer perfecta y desposarla. Quería que lo conocieras y aquí está.

--Espero que pueda ser tan divertido como tú—dijo Lucía.

Cuando se siente incomodidad en una situación, lo más probable es que sea debido al tiempo y al lugar incorrecto. Sabía, por la forma en que lo miraba, que Lucía había caído terriblemente enamorada de Marcel, como la mayoría de las mujeres que hablan con él. Marcel es un ser tan completo que no lo notaba y esperaba que algo ocurriera conmigo y Lucía. No negaré que me hubiera encantado, pero, como siempre, había llegado tarde.

--Ayer me pasó algo impresionante—dijo Marcel al notar mi silencio--. Estaba sentado en una banca afuera de la catedral, admirando detalladamente, aprendiéndome cada trazo de esa construcción inigualable, cuando se me acercó una niña, me dijo que su madre estaba muy triste y que yo tenía que hacerla feliz. Por supuesto que le dije que aunque quisiera poder ayudarla eso era imposible, ni siquiera conocía a su madre. La niña estaba desesperada, temblaba tan fuerte que al tomar mi mano comencé a temblar también. Y bueno… la seguí. Entramos a la catedral, y todo estaba en tinieblas, no había ni una vela encendida, sólo la luz que lograba penetrar por la gran puerta y los vitrales dejaban entrever la silueta de una mujer sentada a los pies del altar con la cara escondida entre las manos. Me acerqué a la mujer y la niña quedó atrás, y no sé en qué momento desapareció. La mujer estaba empapada en sudor y lágrimas, le pregunté cuál era la razón de eso y levantar la cara noté el rosario que colgaba de sus manos y me dijo que había muerto su fe. Todas las imágenes de santos y de Cristo iban cayendo alrededor. Le pregunté a la mujer qué la haría feliz en ese momento y ella respondió que tenía que morir, no podría morir así.

--¿Supongo que habla de su fe hacia Dios?—interrumpió Lucía.

--Debe ser—contestó Marcel--. Entonces le dije que podía tener fe en cualquier cosa, sólo era la suposición de la existencia. Podría crear su propia religión, que su hija podría ser su religión. Me dijo que no tenía a nadie más y quedé atónito. Comencé a cuestionarme si todo eso era una especie de señal, pero ¿para qué? Yo no creo más que en mis sueños. Creo que en este momento estoy soñando y que después también lo haré. No me interesa cuándo voy a morir, ni me preocupo por eso. Este instante es eterno y suficiente.

--Marcel, no hay forma de que eso sea verdad—dijo Lucía mostrando su hermosa sonrisa.

--¡Cuánto te pareces a Alicia, incrédula ante lo que ven sus propios ojos! Claro que no es verdad si no quieres que lo sea. La libertad te la quitan las esperanzas. Si esperas que algo no sea, te mantendrás atado a la idea de que es imposible.

--¿Qué haré en adelante sin ti, Marcel?

--Lucía, no me des más importancia de la que merece un desconocido.

--Lucía, si no tienes dónde quedarte, puedes quedarte en mi departamento, es amplio y hay una habitación que no utilizo—ofrecí.

--Con tanta insistencia, aceptaré tu oferta. Mientras no haya oportunidad de irme a otro lado.

Ninguno de los tres imaginaba que Lucía había llegado ese día, por razones que desconozco, para quedarse. Para amar la ciudad tanto como a Marcel. Para entregar su vida entera a enseñar literatura francesa dentro de los muros temporales que mantienen separada la ciudad del resto del mundo.

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