El insomnio es mala compañía, se duerme de noche porque quedarse despierto es mirar el reflejo de tu vida contemplado el firmamento. Y podrías ignorarlo, pero quizá el hartazgo de estos años te obliga a apagar la televisión, apagar la luz, quedarte en tinieblas y escuchando el silencio. Tratando de encontrar esa voz que guardas en el fondo de un pozo cavado este tiempo en tu consciencia, porque parece que es lo primero que se enseña apenas comienzas a hablar: callar de cualquier manera tu verdadera existencia.
Por la noche no quiero quedarme dormida, por el día deseo que llegue la noche. Tengo miedo de despertar. Paso las horas mirando el reloj, tratando de darle una definición al tiempo. Mi tiempo, ¿en dónde lo estoy dejando?
Sin embargo, me gusta soñar. Es el pequeño respiro que todos necesitamos para soportar un día más la realidad que hemos construido. ¿Por qué será que no nos gusta vivir la vida que cada uno se construye?
Cuando hay luz, uno se protege, está suficientemente expuesto ante los demás, guarda lo mínimo para sí mismo, sus pensamientos, sus miedos, sus deseos, sus ilusiones, sus experiencias, sus gustos, sus recuerdos, sus traumas... En la oscuridad no hay nada que esconder, todo se mantiene oculto, es entonces cuando deseas mostrarte, no por obligación, sino por decisión, a tu tiempo, con tus preferencias, prejuicios e intereses.
Te observo recostado a mi lado, no sé si te incomoda mi mirada, pero me alegro con tu rostro cuando duermes. Intento imaginar qué piensas o si algo te hace daño. Quizá me encanta que no me mires. He sabido que las personas están buscando constantemente la atención de alguien, es lo más natural, pues si no es para admirarnos unos a otros ¿a qué hemos venido? Pero a mi no me gusta que me mires, siento tu piedad y me molesta. Me hace sentir indefensa y con todos los defectos expuestos, no quiero que me sepas imperfecta, no quiero que veas que hay personas mejor que yo. Te prefiero así, ciego e imaginando ideales, donde puedo estar o no, pero no lo sé y tú no me ves.
Pero deberé dormir y tú despertar.
Guardo las horas que no duermo de noche, me despierto temprano al día siguiente, esperando así un día, el día en que te hayas ido, dormir las tantas horas que he guardado y, quizás, sean suficientes para no despertar.
sábado, 26 de diciembre de 2015
martes, 22 de diciembre de 2015
No te fíes de un animal herido.
Sabía que el problema era conmigo,
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.
Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.
Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.
Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.
Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.
Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.
Añoramos esas noches.
Olvidamos esos días.
Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.
Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.
era mío, era yo.
Simplemente un día decidimos matar al otro.
¿Quién moriría primero?
Era lo último que nos unía, nos separaba.
Pero ninguno se atrevió.
Creíste que me suicidaría,
pero solo dejé de existir para ti.
Y es otra forma de morir...
Me aferro a los recuerdos
de lo que pudo haber sido.
Si pensamos en lo imposible,
deja de serlo. Esta ansiedad
de no saber cómo estoy en tu mente.
Piensa en mí una vez al año.
De noche,
cuando estés solo,
en silencio,
sonriendo para ti.
Ya no busco una solución para ser diferente, presa o libre, soy lo que necesito ser. No me he conformado, aunque me mantengo al borde del mundo. Dejaste todo destruido, un rompecabezas que terminaré en otros veinte años. Y no soportaré tanto, si tú no me esperas al final.
Esta ansiedad asesina que trato de callar con nimiedades, con las cosas mundanas, con el tabaco, el alcohol y el sol. Y sabes cuánto lo odio.
Decidiendo un día asesinarte cruelmente, caminé hasta la librería donde nos encontramos, yo con otro que apenas conocía, otro que no eras tú. Intenté exterminar cada memoria de tu cuerpo, tus palabras, tarea difícil e inútil.
Hablamos de todo lo que podía hablarse, callamos todas las verdades. Jugamos a ser actores, construimos la escena y seguimos el mismo guion. Queríamos crecer, tan estúpidos fuimos.
Cerca del amanecer, habíamos llegado a las afueras de una ciudad desconocida, un escenario que no estaba planeado, que fuiste escribiendo inconscientemente desde el primer día, sería el epílogo de la obra.
Añoramos esas noches.
Olvidamos esos días.
Me persigue la melancolía de tus personajes pasados, me asusta la incertidumbre de tus personajes futuros.
Y, en medio de la fantasía, cuando fui otra, realmente me quisiste.
miércoles, 18 de noviembre de 2015
No te quedes a un paso de todo.
La posición elevada en que me tenía a mí misma, no me correspondía más. Tarde me di cuenta. Había tomado demasiadas malas decisiones que me traían arrastrando recuerdos de una vida que ya me era ajena, pero que seguía sintiendo presente. Una publicación en internet dio fin a mi patética imagen sobrepuesta en mi yo actual; decía por qué una persona cambia. Suponía que las personas no cambiaban, que su yo siempre sería su yo adaptándose a diferentes situaciones, ¿no es la adaptación un proceso de cambio?
No sé si ya he sufrido demasiado, pues me dedico principalmente a ignorar mis emociones; no sé si he conocido mucho, pues siempre estoy anhelando saber algo más; pero es seguro que estaba cansada de lo mismo. Cansada de levantarme todos los días a la misma hora y viajar por carretera dos horas, peleando con el aire a causa de los automovilistas de la ciudad, ignorando mi música favorita, preocupada por llegar a tiempo a un lugar donde no me siento cómoda, para "estudiar" memorizando métodos y programando mi cerebro para la vida laboral, haciendo crecer mi deuda económica, invirtiendo en educación que yo misma me daba.
Había dejado todo por nada. Por masoquismo más que por fe, dejaba de hacer lo que me encantaba con la excusa del tiempo. Cualquier cosa queda perdonada cuando uno se convence de que no hay tiempo. Sin embargo, consciente de mi error, aún ato mis pies a esta silla y contemplo la luna detrás de mi ventana. Sigo el ideal de un desconocido. Creo saber mi objetivo, actúo como debería, piso cuidadosamente las huellas que otros han dejado. Pero mis pies ya no pueden más, mi alma cansada ahora pesa sobre mis piernas, o me hinco o me salgo del camino.
Basta ya.
Dejaré de sentir lástima por mí misma, no me sentaré como espectador de mi propia vida, viendo cómo mis días se consumen en nimiedades y desinterés, viéndome insignificante, y falsamente creyéndome superior a todos. Pensaré cada elección, hasta encontrar mi sentido, para que después mis decisiones, inconscientemente, me dirijan en él.
Las prohibiciones únicas para sobrevivir: no tengas miedo de lo que pueda ser ni a la insensatez, no te estanques en el borde, no te quedes con las ganas, no mires para atrás -si no es para sonreír-, no limites tus emociones, no pises las huellas de otros, ni esperes saber de su experiencia, no esperes que otro lo haga, no esperes nada de nadie ni de ti, no te predispongas, no te sientes a esperar el tiempo, no te sientes a esperar la vida.
Si no te gusta el reflejo del espejo, rómpelo, en cada pedazo se reflejará una parte de lo que fue un todo, verás lo valioso y lo superficial, encontrarás que el tiempo nunca se ha perdido, que no existe si así lo quieres y que no hay palabras más valiosas que el silencio, observar detenidamente y re-conocer aquello que perciben los sentidos, de la brisa y el frío, de las notas de una pieza musical, del sabor de una manzana, no pensar y solo sentir que todo fue hecho para ti. El placer de vivir. Se ha conocido tanto del exterior que olvidamos la esencia y el alma. La inefable maravilla que nos lleva de la materia a la razón.
Desear. Esa palabra que puede tener tanto poder.
Quizás, como aquellas personas que no saben ver, pensar, escribir o leer; yo no sé desear.
Todo esto durará hasta mañana, cuando despierte de mi irrealidad y tenga que vestirme para recibir la monotonía, o hasta esta noche...
No sé si ya he sufrido demasiado, pues me dedico principalmente a ignorar mis emociones; no sé si he conocido mucho, pues siempre estoy anhelando saber algo más; pero es seguro que estaba cansada de lo mismo. Cansada de levantarme todos los días a la misma hora y viajar por carretera dos horas, peleando con el aire a causa de los automovilistas de la ciudad, ignorando mi música favorita, preocupada por llegar a tiempo a un lugar donde no me siento cómoda, para "estudiar" memorizando métodos y programando mi cerebro para la vida laboral, haciendo crecer mi deuda económica, invirtiendo en educación que yo misma me daba.
Había dejado todo por nada. Por masoquismo más que por fe, dejaba de hacer lo que me encantaba con la excusa del tiempo. Cualquier cosa queda perdonada cuando uno se convence de que no hay tiempo. Sin embargo, consciente de mi error, aún ato mis pies a esta silla y contemplo la luna detrás de mi ventana. Sigo el ideal de un desconocido. Creo saber mi objetivo, actúo como debería, piso cuidadosamente las huellas que otros han dejado. Pero mis pies ya no pueden más, mi alma cansada ahora pesa sobre mis piernas, o me hinco o me salgo del camino.
Basta ya.
Dejaré de sentir lástima por mí misma, no me sentaré como espectador de mi propia vida, viendo cómo mis días se consumen en nimiedades y desinterés, viéndome insignificante, y falsamente creyéndome superior a todos. Pensaré cada elección, hasta encontrar mi sentido, para que después mis decisiones, inconscientemente, me dirijan en él.
Las prohibiciones únicas para sobrevivir: no tengas miedo de lo que pueda ser ni a la insensatez, no te estanques en el borde, no te quedes con las ganas, no mires para atrás -si no es para sonreír-, no limites tus emociones, no pises las huellas de otros, ni esperes saber de su experiencia, no esperes que otro lo haga, no esperes nada de nadie ni de ti, no te predispongas, no te sientes a esperar el tiempo, no te sientes a esperar la vida.
Si no te gusta el reflejo del espejo, rómpelo, en cada pedazo se reflejará una parte de lo que fue un todo, verás lo valioso y lo superficial, encontrarás que el tiempo nunca se ha perdido, que no existe si así lo quieres y que no hay palabras más valiosas que el silencio, observar detenidamente y re-conocer aquello que perciben los sentidos, de la brisa y el frío, de las notas de una pieza musical, del sabor de una manzana, no pensar y solo sentir que todo fue hecho para ti. El placer de vivir. Se ha conocido tanto del exterior que olvidamos la esencia y el alma. La inefable maravilla que nos lleva de la materia a la razón.
Desear. Esa palabra que puede tener tanto poder.
Quizás, como aquellas personas que no saben ver, pensar, escribir o leer; yo no sé desear.
Todo esto durará hasta mañana, cuando despierte de mi irrealidad y tenga que vestirme para recibir la monotonía, o hasta esta noche...
jueves, 24 de septiembre de 2015
Imágenes de luna llena 4
Salí
a las seis de la mañana de mi departamento, el sol apenas daba señales. Me
gusta caminar un poco y respirar el aire inmaculado de la aurora. Me pregunté
si Marcel aún estaría durmiendo, creyendo que lo que sueña es real. Él no
necesita un calendario, vive perfectamente feliz con sólo un reloj para no
perder la conexión con la realidad. Siempre ha dicho que incluso podríamos
dudar de vivir en lo que creemos percibir como real, que igual que despertamos
y no recordamos qué hemos soñado, podríamos despertar en nuestro “sueño”. Todo
está en la relatividad del tiempo. Pero si así fuera ¿cuántas vidas podríamos
tener? Quizás nos movemos dentro de mundos paralelos que nuestro misterioso
inconsciente va creando. Universos que necesitamos para seguir creyendo que no
somos solo un bulto de materia organizada y sincronizada que no hace más que
existir para mantener la homeostasis de la naturaleza.
Regresé
a mi departamento y calenté café para leer las noticias del día, una acción
fútil que se ha vuelto hábito matutino; aunque vale la pena recordar que no
estamos solos, que hay personas fuera de las que puedo llegar a conocer con
problemas que pueden minimizar los míos. Recordé que tenía que encontrarme con
Marcel a las 5 para comer, se me había pasado el tiempo y aún tenía que
transcribir mis pensamientos y anotaciones. Sufro el pánico de algún día no
recordar quién soy.
Cerré
la computadora, me di un baño y salí para encontrarme con Marcel en el bar
donde nos encontrábamos 3 o 4 veces por semana para hablar de lo humano y lo divino.
Necesitaba escuchar una de sus historias. Él jura que son verdaderas,
que incluso puede llevarme a esos lugares a comprobarlo el día que quiera.
Marcel es una persona muy diferente a mí. No entiendo cómo puede soportarme,
cómo puede ser él mismo cuando todas las personas cambian al verme. Marcel es
la parte de mis emociones que no llegó en el mismo paquete.
Cuando
me acercaba al bar vi el coche de Marcel aparcado cerca de la entrada, no pude
evitar esbozar una ridícula sonrisa --nunca me han salido bien--, pero me
alegraba saber que Marcel estaba ahí un día más. Entré y lo vi sentado a la
barra con un vaso en la mano, riendo con una mujer hermosa. Me reconoció y se
levantó a darme la bienvenida.
--¡Dante!
Quiero presentarte a esta bella mujer, se llama Lucía.
--Hola,
Marcel—dije--. Mucho gusto, Lucía.
Lucía
era realmente hermosa, tenía el rostro con el que cualquier hombre se sentiría
feliz de ver al despertar: ojos grandes, un precioso tono almendrado y una
sonrisa discreta. Parecía cómoda con Marcel, relajada y sencilla.
--Y,
¿qué hay de nuevo, Dante? ¿Qué te trajo a la parte sórdida de la ciudad?—dijo
Marcel.
--Ya
sabes, Marcel, a veces no tengo mucho que hacer—continué su broma--. Lo nuevo
no dura más de un segundo—Lucía apenas notaba que yo estaba ahí--. Y cómo
puedes llamar “sórdido” al lugar que guarda a tales mujeres.
--Todas
las ostras guardan una perla. Pero Lucía no es de aquí, me estaba diciendo que
acaba de llegar, por Dios y sus juegos de dados, terminó bebiendo conmigo—se
dirigió a Lucía--. En fin… él es el hombre más callado. No quiero darme aires
de grandeza, pero creo que solo yo he podido sacarle unas cuantas palabras. Es
solitario, pero sé que en el fondo quisiera conocer a la mujer perfecta y
desposarla. Quería que lo conocieras y aquí está.
--Espero
que pueda ser tan divertido como tú—dijo Lucía.
Cuando
se siente incomodidad en una situación, lo más probable es que sea debido al
tiempo y al lugar incorrecto. Sabía, por la forma en que lo miraba, que Lucía
había caído terriblemente enamorada de Marcel, como la mayoría de las mujeres
que hablan con él. Marcel es un ser tan completo que no lo notaba y esperaba
que algo ocurriera conmigo y Lucía. No negaré que me hubiera encantado, pero,
como siempre, había llegado tarde.
--Ayer
me pasó algo impresionante—dijo Marcel al notar mi silencio--. Estaba sentado
en una banca afuera de la catedral, admirando detalladamente, aprendiéndome
cada trazo de esa construcción inigualable, cuando se me acercó una niña, me
dijo que su madre estaba muy triste y que yo tenía que hacerla feliz. Por
supuesto que le dije que aunque quisiera poder ayudarla eso era imposible, ni
siquiera conocía a su madre. La niña estaba desesperada, temblaba tan fuerte
que al tomar mi mano comencé a temblar también. Y bueno… la seguí. Entramos a
la catedral, y todo estaba en tinieblas, no había ni una vela encendida, sólo
la luz que lograba penetrar por la gran puerta y los vitrales dejaban entrever
la silueta de una mujer sentada a los pies del altar con la cara escondida
entre las manos. Me acerqué a la mujer y la niña quedó atrás, y no sé en qué
momento desapareció. La mujer estaba empapada en sudor y lágrimas, le pregunté
cuál era la razón de eso y levantar la cara noté el rosario que colgaba de sus
manos y me dijo que había muerto su fe. Todas las imágenes de santos y de
Cristo iban cayendo alrededor. Le pregunté a la mujer qué la haría feliz en ese
momento y ella respondió que tenía que morir, no podría morir así.
--¿Supongo
que habla de su fe hacia Dios?—interrumpió Lucía.
--Debe
ser—contestó Marcel--. Entonces le dije que podía tener fe en cualquier cosa,
sólo era la suposición de la existencia. Podría crear su propia religión, que
su hija podría ser su religión. Me dijo que no tenía a nadie más y quedé
atónito. Comencé a cuestionarme si todo eso era una especie de señal, pero
¿para qué? Yo no creo más que en mis sueños. Creo que en este momento estoy
soñando y que después también lo haré. No me interesa cuándo voy a morir, ni me
preocupo por eso. Este instante es eterno y suficiente.
--Marcel,
no hay forma de que eso sea verdad—dijo Lucía mostrando su hermosa sonrisa.
--¡Cuánto
te pareces a Alicia, incrédula ante lo que ven sus propios ojos! Claro que no
es verdad si no quieres que lo sea. La libertad te la quitan las esperanzas. Si
esperas que algo no sea, te mantendrás atado a la idea de que es imposible.
--¿Qué
haré en adelante sin ti, Marcel?
--Lucía,
no me des más importancia de la que merece un desconocido.
--Lucía,
si no tienes dónde quedarte, puedes quedarte en mi departamento, es amplio y
hay una habitación que no utilizo—ofrecí.
--Con
tanta insistencia, aceptaré tu oferta. Mientras no haya oportunidad de irme a
otro lado.
Ninguno
de los tres imaginaba que Lucía había llegado ese día, por razones que
desconozco, para quedarse. Para amar la ciudad tanto como a Marcel. Para
entregar su vida entera a enseñar literatura francesa dentro de los muros
temporales que mantienen separada la ciudad del resto del mundo.
viernes, 11 de septiembre de 2015
Imágenes de luna llena 3
Sarah
habría de cambiar mi idea de la vida. Debo admitir que mi niñez fue feliz y que
hasta mi adolescencia creía que la vida era de la manera en que mis padres me
enseñaron: todo estaría bien mientras tuviera una persona en quien confiar. Mi
adolescencia era plena: tenía amigos que me comprendían y con quienes me
divertía cada tarde en la casa de alguno mirando películas o haciendo tareas.
Hasta entonces no sabía lo que era llorar por alguien. Convivía con mis padres
en la cena, platicábamos las nimiedades de la vida, pero siempre sentí que
había algo que mis padres nunca decían.
Cuando
un día de invierno mi madre tiró por accidente el plato que iba a servirle a mi
padre también quebró el cristal que me impedía ver la realidad. Mi madre estaba
muy enferma hacía meses, mi padre y ella habían acordado no mencionar nada
hasta que fuera imposible ocultar el padecimiento. Los doctores no sabían de
qué enfermedad se trataba con certeza, pero habían predicho que cuando no
pudiera controlar más sus manos caería inválida y entonces comenzaría a dejar
de funcionar todo su cuerpo, y en un tiempo inexacto moriría.
No
podía creer que mis padres me habían ocultado una noticia tan devastadora. Al
llegar al hospital, después de una semana de no ver a mi madre, estaba
emocionada. Nunca imaginé que se podía sentir una decepción tal, como esperar
ver a mi madre recuperada y encontrarme con un cuerpo hundido en las sábanas
blancas de una cama de hospital, que sólo reconocí hasta que escuché mi nombre
entonado con la serena voz de mi madre. Sin decir nada, salí aprisa y entré al
baño más cercano. Ahí fue donde conocí a Sarah.
Sarah
salía de un baño con una bata de hospital en la mano. Me miró fríamente a
través del espejo, mientras se acomodaba el cabello. No había manera de
esconder ni disimular las lágrimas que fluían descontroladas fuera de mis ojos.
Apenada me incliné a un lavabo y abrí la llave, el agua fría tocó mis manos y
esperé unos segundos antes de lavarme la cara para ver si de alguna manera
podía ahogarme con un puño de agua. Cuando sequé mi cara Sarah seguía parada
contra la pared, mirándome.
--Me
llamo Sarah, acabo de huir de mi doctor, ¿te parezco enferma?
Atemorizada
por su aspecto y su pregunta sólo pode decir no. Pareció molestarse un poco,
seguramente creyó que mi “no” sólo era una forma de evitar algún tipo de
enfrentamiento.
--Las
personas aquí son las que están dementes. Viven rodeados de tantos enfermos que
creen que cualquiera que entra por la puerta padece algo. ¿Cómo te llamas?
--Sofía.
¿De qué escapaste, entonces?—el
chorro de agua y la explicación de Sarah me habían tranquilizado.
--Vine
a ver a un amigo… Sobredosis. Debía cuidarlo, pero no se puede disfrutar de un
buen jazz si tienes que levantarte al baño a impedir lo inevitable cada vez que
quiere meterse algo en la sangre.
--No
sé de qué hablas—dudé un poco de que me creyera mojigata--. En decir, nunca he
tenido amigos adictos.
--Tal
vez no precisamente a las drogas… Lo más interesante de esta historia fue el
jazz. Tienes que escucharlo alguna vez, hoy es un buen día.
--Lo
siento, pero mi madre está muy enferma. No puedo irme.
--No
puedes, dices… ¿quieres?
--No
lo sé… quiero… puedo… Nunca he sabido qué quiero, siempre he hecho lo que me
enseñaron que debo hacer. Mi madre despierta rara vez, y cuando lo hace no sabe
quién soy. Y no puedo soportar ver la cara de mi padre. No es sano que siga
aquí, quizá cuando salga me encuentre con un médico al que le parezca
desnutrida y me ponga suero—esperé a que mi pequeña broma le causara risa.
--Bueno,
si decides qué quieres, te veo en el bar de la calle T… a las 9. Lo encontrarás
fácilmente.
Ambas
salimos del baño, cada una por su lado, como dos extrañas.
Cuando
regresé a la habitación de mi madre, ella se veía tranquila y bella y sus
signos vitales se habían silenciado. Mi padre dormía junto a ella, pero parecía
no haber notado que estaba muerta. Acaricié la mejilla de mi madre, pálida y
tibia, la sentí ajena. Salí de la habitación y en el pasillo avisé a la
enfermera lo que había sucedido. Mientras un grupo de personas entraban
rápidamente al cuarto, yo me alejaba despidiéndome de todo mi pasado.
Quise
llorar a las puertas del hospital y regresar para tomar la mano de mi padre al
enterrar a mamá, pero no salió ninguna lágrima. Nunca he creído en que existan
señales que te ayuden a decidir qué hacer ni que te dirijan a tu destino. Sin
embargo, al no poder expresar absolutamente nada por la muerte de la persona que
creí haber querido incondicionalmente, supe que debía continuar viviendo. Sabía
lo que quería. Crucé la puerta y la brisa de otoño me erizó la piel y aclaró mi
mente.
domingo, 6 de septiembre de 2015
Imágenes de luna llena 2
Esperaba
a Sofía en la terraza del café que frecuentábamos cuando una mujer me
sorprendió al cruzar la calle en la esquina, vestía ropa entallada que dibujaba
su silueta bellamente y reconocí esa sombra. Era la misma que me acechaba en
mis sueños y me aterrorizaba cada noche a la misma hora, esperando a que
abriera los ojos y la enfrentara. Nunca le había visto el rostro, sólo sentía
su mirada. Cuando noté que la mujer se acercaba al café, comencé a asustarme y
rezaba porque pasara de largo. Sin embargo, había entrado al café. La seguí con
la mirada cuando se acercó a un mesero y preguntó por mí, ¿cómo podía saber mi
nombre? ¿Por qué me estaría buscando? El mesero señaló hacia la terraza, hacia
mí. Mis manos temblaban, desvié rápidamente la mirada y con la puntería de un
ciego intenté distraerme poniéndole azúcar al té que se enfriaba.
--Hola,
Sarah—dijo.
Tomé
un sorbo de té que me quemó la boca y quedé atónita. No podía articular una
sola palabra.
--Bueno,
parece que no quieres hablar conmigo, pero no importa, no tienes mucho qué
decir.
--Simplemente
no sé quién eres—dije, queriendo complacerla.
--No
te preocupes, ya me recordarás. Dime, ¿has esperado a Sofía mucho tiempo?
No
pude ocultar mi sorpresa cuando mencionó a Sofía.
--¿Cómo
sabes a quién espero?—dije un poco alterada.
--Ya
lo recordarás, te dije. Lo que importa ahora es que necesito que vengas
conmigo, Sofía puede esperar un poco si le dejamos un recado con el encargado.
No vas a tardar, te lo aseguro.
Sin
entender lo que decía, pero con una curiosidad de gato, acepté seguirla.
Caminamos
calle abajo, lo que nos llevó al centro de la ciudad. Seguimos por una calle
que yo dudaba que existiera, parecía haber quedado en el pasado: no tenía acera,
con casas delineando la calle y puertas que parecían entradas al infierno. Casas
coloniales altas, de colores opacos y paredes desgastadas. La calle se hacía
más angosta cuanto más subíamos. Finalizaba con una casa de dos pisos, dos
arcos como ventanas en la parte superior y una gran puerta de madera con una
vieja cerradura para la que Rebeca no necesitó llave. Aunque mi razón quería
hacerme sentir miedo, me sentía cómoda y protegida detrás de Rebeca.
Entramos
a la casa, era silenciosa y quieta, podía escuchar mis pasos, pero no los de
Rebeca, tenía un andar quedo y suave que inspiraba tranquilidad. Cruzamos un
gran patio rodeado de habitaciones: una puerta, una ventana. Casi al llegar al
fondo, delante de una puerta entreabierta, se volvió repentinamente y me dijo
que me calmara, que podía escuchar correr mi sangre.
--Vamos
a entrar aquí, pero debes quedarte callada—me advirtió y empujó la puerta.
Asentí
con los labios apretados en señal de promesa. La curiosidad perdía
terreno que ganaba el miedo.
En
la habitación apenas iluminada, se encontraba un grupo de personas arrodilladas
en el suelo formando un círculo con su tronco y brazos estirados completamente
hacia lo que parecía una planta que brotaba del suelo y un cuerpo humano
inmóvil tirado a un lado, al parecer muerto. Las personas parecían susurrar
palabras ininteligibles, que recitaban a coro en un tono tétrico. Al ver la
escena tomé la mano de Rebeca con fuerza esperando que entendiera mi
incomodidad, pero cuando la miré parecía divertirse observando con detenimiento
y agrado el escenario fúnebre.
Comencé
a preguntarme qué hacían esas personas ahí, para qué estaban reunidas, por qué
creían que eso era normal. Ante la seriedad del rito, me respondí: las personas
deben refugiarse en la fe para llenar el vacío que deja no saber qué hay
después de morir. No somos educados pensando que somos materia que en algún
momento dejará de trabajar en conjunto y comenzará a degradarse, nos guiamos
por el error de creer que somos superiores a cualquier ser vivo existente en el
mundo, por el simple hecho de tener consciencia de nosotros mismos, pero es la
causa de nuestros problemas. Y ni siquiera conocemos el origen de ese “yo”. Con
la razón logramos fabricar ideas que nos han llevado a guerras, a conductas
sociales, a la adoración de papel que juramos tiene valor, también creamos ese
valor, y la creencia en el bien y el mal, destruimos lo que necesitamos para
desarrollar lo innecesario.
Después
de todos los problemas que nos ocasionamos, nos “perdonamos” repitiéndonos que
todo es subjetivo y tratamos de concordar con la objetividad y la
universalidad.
Un
vacío extraño comenzó a surgir de mi estómago y subió hasta mi boca causando
unas náuseas insoportables. Busqué a Rebeca con la poca luz que permitían las
velas, pero se había ido. En seguida de las náuseas, llegó un dolor de cabeza
insoportable, apenas podía mantenerme en pie. Salí sosteniéndome de las
paredes, corriendo con la vista nublada, hasta que recuperé un poco la sanidad
y reconocí a Sofía asustada por mi aspecto. Me sostuvo mientras perdía la
consciencia.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Imágenes de luna llena 1
Y mi soñar es continuo.
Cuando
cae la noche lo que más me atemoriza es la sensación de perdición: caer en
la inconsciencia al cerrar los ojos. Enfrentarme conmigo misma, mirando la
oscuridad, tan sólo para evitar el miedo a la inconsciencia y al despertar; para sentirme dentro de las sábanas, sobre un colchón, con los primeros rayos -que
logran burlar las cortinas- sobre mi cara recordándome que la realidad de hace
algunas horas quedó intacta para que al abrir los ojos de nuevo pueda
reconocerme y continuar con lo inconcluso del día anterior… y el anterior…
No
siempre recuerdo mis sueños al despertar, aunque a veces me gustaría: cuando
abro los ojos con esa sensación agradable de haber soñado algo deseado. Después
de aquella noche, el terror que me quemaba al terminar el día era tal, que
jamás volví a desear recordar ninguna fantasía. Al despertar ocupaba mi mente
con cualquier nimiedad o tarea rutinaria para dejar pasar al olvido todas las
imágenes que había creado por la noche, o me despertaba con alarmas a horas
precisas -el acto más asequible para ignorar rápidamente los sueños-.
Es
increíble cómo en un solo instante puede cambiar todo. Cómo una persona
millonaria se vuelve nada si cada uno de sus billetes es cortado en pedazos.
Cómo el aire que inhalas puede ser tu última exhalación. Cómo el aleteo de una
mariposa puede provocar vientos destructores. Cómo, simplemente, decidir
entregarse al cansancio del cuerpo puede generar la emoción más fuerte que
puedas sentir. En la noche todo se transforma, y esa noche no iba ser
diferente. La cama que siempre me pareció mi mayor atadura, se convertiría en
mi mayor fortaleza.
Apenas
eran las once y ya iba a ceder a la obscuridad de la noche, al calor de las
sábanas y a los pesados párpados que intentaba mantener abiertos ante el último
capítulo del libro. El colchón se sentía incómodo, pero mi cuerpo no podía
sostenerse un segundo más, acomodé mi cabeza en la almohada y no tuve que
torturarme intentando dormir: desfallecí por completo. Muchos lugares, personas
y situaciones vagaron por mi mente y me dejaron jugar con hipótesis y
posibilidades que creía perdidas en la realidad. Pero al dar las 2 de la mañana
iba a ser imposible jugar de nuevo.
Mi
consciencia despertó primero, mi cuerpo aún no estaba listo. Sabía
perfectamente que estaba soñando, y sin embargo, estaba acostada en mi cama,
soñando conscientemente que me encontraba ahí, y al abrir los ojos encontré una
silueta justo al lado izquierdo de mi cama. Podía haber sido sólo una ilusión
que desaparecería al parpadear, así lo intenté. Parpadeé suavemente, todavía
aturdida, pero la silueta seguía ahí en su negrura; mirando por el rabillo del ojo
pude notar que me observaba. Tenía una mirada intensa y escalofriante, te hacía
sentir escoria, terror, amargura y soledad en el mismo momento. Como si Dios
mismo te mirara y juzgara el día del juicio final. Queriendo escapar de ese
momento que se volvía eterno, traté de cambiar el sueño, de hundir los ojos en
el mar de mis sábanas con la desesperación de una presa que no tiene salida y
el siguiente movimiento será el último. Temía que no fuera a despertar, pero no
quería abrir los ojos. Un creciente miedo fue arrebatándome la sensatez, mi
temperatura comenzó a aumentar, mi respiración se hizo más fuerte, mis músculos
se contraían, sentí las gotas de sudor deslizarse por mi espalda y frente, en
cualquier instante mi corazón saltaría fuera de mi pecho, y estaba
completamente inmóvil en mi sueño. Un pánico inexplicable me impedía abrir los
ojos, porque sabía de algún modo que había posibilidades de que esa exacta
silueta se encontrara ahora mismo parada junto a mi cama y observándome. ¿Qué
quería de mí?
Después
de al menos media hora de terror, caí de nuevo perdida.
Importante
Los siguientes posts son una serie de capítulos de lo que podría ser mi primera novela.
Sugerencias para su lectura:
- Disfrute la lectura de cada capítulo con la bebida de su preferencia.
- Siéntase libre de comentar.
- Mantenga su mente en blanco.
Y sin ese repetirse eternamente de todo, de sí mismo a sí mismo, a cada instante, todo duraría un instante. Hasta la misma eternidad duraría un instante.
Antonio Porchia
Sugerencias para su lectura:
- Disfrute la lectura de cada capítulo con la bebida de su preferencia.
- Siéntase libre de comentar.
- Mantenga su mente en blanco.
Y sin ese repetirse eternamente de todo, de sí mismo a sí mismo, a cada instante, todo duraría un instante. Hasta la misma eternidad duraría un instante.
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