Y mi soñar es continuo.
Cuando
cae la noche lo que más me atemoriza es la sensación de perdición: caer en
la inconsciencia al cerrar los ojos. Enfrentarme conmigo misma, mirando la
oscuridad, tan sólo para evitar el miedo a la inconsciencia y al despertar; para sentirme dentro de las sábanas, sobre un colchón, con los primeros rayos -que
logran burlar las cortinas- sobre mi cara recordándome que la realidad de hace
algunas horas quedó intacta para que al abrir los ojos de nuevo pueda
reconocerme y continuar con lo inconcluso del día anterior… y el anterior…
No
siempre recuerdo mis sueños al despertar, aunque a veces me gustaría: cuando
abro los ojos con esa sensación agradable de haber soñado algo deseado. Después
de aquella noche, el terror que me quemaba al terminar el día era tal, que
jamás volví a desear recordar ninguna fantasía. Al despertar ocupaba mi mente
con cualquier nimiedad o tarea rutinaria para dejar pasar al olvido todas las
imágenes que había creado por la noche, o me despertaba con alarmas a horas
precisas -el acto más asequible para ignorar rápidamente los sueños-.
Es
increíble cómo en un solo instante puede cambiar todo. Cómo una persona
millonaria se vuelve nada si cada uno de sus billetes es cortado en pedazos.
Cómo el aire que inhalas puede ser tu última exhalación. Cómo el aleteo de una
mariposa puede provocar vientos destructores. Cómo, simplemente, decidir
entregarse al cansancio del cuerpo puede generar la emoción más fuerte que
puedas sentir. En la noche todo se transforma, y esa noche no iba ser
diferente. La cama que siempre me pareció mi mayor atadura, se convertiría en
mi mayor fortaleza.
Apenas
eran las once y ya iba a ceder a la obscuridad de la noche, al calor de las
sábanas y a los pesados párpados que intentaba mantener abiertos ante el último
capítulo del libro. El colchón se sentía incómodo, pero mi cuerpo no podía
sostenerse un segundo más, acomodé mi cabeza en la almohada y no tuve que
torturarme intentando dormir: desfallecí por completo. Muchos lugares, personas
y situaciones vagaron por mi mente y me dejaron jugar con hipótesis y
posibilidades que creía perdidas en la realidad. Pero al dar las 2 de la mañana
iba a ser imposible jugar de nuevo.
Mi
consciencia despertó primero, mi cuerpo aún no estaba listo. Sabía
perfectamente que estaba soñando, y sin embargo, estaba acostada en mi cama,
soñando conscientemente que me encontraba ahí, y al abrir los ojos encontré una
silueta justo al lado izquierdo de mi cama. Podía haber sido sólo una ilusión
que desaparecería al parpadear, así lo intenté. Parpadeé suavemente, todavía
aturdida, pero la silueta seguía ahí en su negrura; mirando por el rabillo del ojo
pude notar que me observaba. Tenía una mirada intensa y escalofriante, te hacía
sentir escoria, terror, amargura y soledad en el mismo momento. Como si Dios
mismo te mirara y juzgara el día del juicio final. Queriendo escapar de ese
momento que se volvía eterno, traté de cambiar el sueño, de hundir los ojos en
el mar de mis sábanas con la desesperación de una presa que no tiene salida y
el siguiente movimiento será el último. Temía que no fuera a despertar, pero no
quería abrir los ojos. Un creciente miedo fue arrebatándome la sensatez, mi
temperatura comenzó a aumentar, mi respiración se hizo más fuerte, mis músculos
se contraían, sentí las gotas de sudor deslizarse por mi espalda y frente, en
cualquier instante mi corazón saltaría fuera de mi pecho, y estaba
completamente inmóvil en mi sueño. Un pánico inexplicable me impedía abrir los
ojos, porque sabía de algún modo que había posibilidades de que esa exacta
silueta se encontrara ahora mismo parada junto a mi cama y observándome. ¿Qué
quería de mí?
Después
de al menos media hora de terror, caí de nuevo perdida.
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