martes, 19 de noviembre de 2013

Una carta desesperada.

Apenas me he despertado y quiero volver a dormir. No sé qué personaje actuará hoy ante este público tan exigente. Dame algo en qué pensar. Una de todas elige qué usar hoy. Otra ha decidido ir al trabajo. Otra ha decidido el desayuno, aquella de las buenas costumbres no se ha aparecido, tampoco la de los sentimientos. Dame algo en qué pensar. La más oculta, la que escribe, no ha recibido órdenes de aquella que piensa. Dame algo en qué pensar. La más inquieta no está, la alegre ha estado muy presente. Todo se ha salido de control. Dame algo en qué pensar. No sé si es mi mente o algo más lo que me incita a hacer esto. Esto: todo. Dame algo en qué pensar. No pude evitar reír del chiste estúpido que me contaron en la tarde, aunque ya no lo recuerde. No puedo evitar recordar la plática, mejor dicho, el diálogo de anoche “no eres estúpida cuando duermes”. Dame algo en qué pensar. Ya no puedo controlarme, mis teorías han cambiado. Debes decirme qué debo hacer, dime qué quieres. Dame algo en qué pensar. No me hables como acostumbras, no me hables. Deja que valore el silencio. Dame algo en qué pensar. Muéstrame cómo no ser feliz, cómo no ser infeliz. Cómo demostrar importancia y necesidad cuando se siente por algo. Dime cómo haces eso, cómo ocultas todo sin ocultar nada. Dame algo en qué pensar. No me digas que todo pasa, no me digas que hay un destino. Dame algo en qué pensar. No en la vida, no en la muerte, ni en el tiempo, ni en amor.

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